Un Camino Escabroso

P0r:

Carolina Restrepo

El cuatro de septiembre era un día frio. Cada uno de los que pasaba por mi lado tenia un movimiento especifico y una acción determinada, subí dos pisos con mis brazos entrelazados uno del otro para contrarrestar el fuerte viento. Llegue cinco minutos antes que iniciara la clase que seguramente iba a ser una sorpresa, encontré personas que habitualmente veo, hablamos unos minutos y de pronto uno de ellos pregunto: ¿se encuentran preparados para hacerse periodistas?, todos sin duda alguna respondimos con una sonrisa y nos dirigimos al salón 228.

Después de ser acordado el lugar de practica periodística, salimos sin mas preámbulo, llegando a la calle 64 con 15, pasando por residencias, lotes destruidos y mal usados, cruzando la caracas y cada uno de los participantes de la caminata iba concentrado en su conversación con cada subdivisión del grupo. Caminamos sin parar, tuve la oportunidad de observar detalladamente la edificación casi destruida por una bomba el pasado doce de agosto en horas de la madrugada, una de mis compañeras asechada por la curiosidad quiso entrevistar a una de las personas afectadas por el ataque terrorista, pero al ver que no teníamos suficiente tiempo y que íbamos en uno de los últimos puestos prefiero omitir aquel detalle. Subimos calles sin para por toda la séptima llegando a un reconocido barrio de la capital del país llamado los Rosales.

Admire cada una de casas, tiendas y apartamentos, pensé: “no, cualquier persona puede acceder fácilmente a ello” sin embargo “no es imposible”. Dejando de lado los lujos y las hermosas calles, llegamos al lugar de encuentro, la Vieja Quebrada, un paisaje asombroso, con flores de todo tipo y una pequeña cascada. “Es extraño encontrar un lugar fuera de lo común en una urbanización como lo es Bogotá”, mire, observe, uno a uno de los elementos que conformaba esa escultura natural en detalle.

Luego continuamos nuestro camino, metiéndonos en el barro que rodeaba toda la superficie de la flora, esquivando cada obstáculo en el camino, huyendo y logrando asustar a otras de las caminantes por la presencia de un pequeño roedor que salió improvistamente; salimos aproximadamente veinte minutos después, refunfuñando y diciendo la gran mayoría ¡Que horrible!. Segundos después apareció un hombre mayor, aproximadamente de unos 40 años, con el rostro lleno de arrugas y un gran bigote castaño que llegaba a cada extremo de su boca, en sus manos traía una gran pala, su traje era una camisa de mangas largas, un pantalón desajustado naranja y una botas pantaneras negras. El es el hombre encargado del cuidado de esta bellísima quebrada o Guardabosques, quien todas las mañanas recorre dos horas de trayecto para lograr llegar este lugar. Hicimos muchas preguntas unas obvias y otras de alto interés, el respondía en su gran mayoría con una sonrisa y alzaba sus hombros demostrando sencillez, al parecer es un hombre sin estudios pero sencillo con ganas de salir adelante con una familia de dos hijos y una esposa.

Después de ser el Sr.  Guardabosques el centro de nuestra atención continuamos con el recorrido llegando a una reserva natural, fuimos detenidos por uno de los supervisores, un señor gordo, media alrededor de 1`70 de estatura, con un traje imponente que todos sin dudad alguna reconocimos y decía: ACUEDUCTO, se presento con el carne y solicito de manera respetuosa a la persona que acompañaba al grupo, el profesor, dirigente y acompañante de la excursión, atendió su llamado con una risa y accedió a las instrucciones que este le dio, no podíamos demorarnos mas de las 11:30 y por supuesto el líder de 16 personas accedió.

Subimos sin hacer una pausa, yo llevaba ropa inadecuada para la ocasión, sin embargo me quite la chaqueta que conservaba el calor, íbamos hablando, riendo, y otros quejándose, fue divertido; el camino era rocoso cuando llegamos al túnel que daba a fin en la calera, nos sentamos en un gran tronco para descansar, nos rodeaban millones de mariposas que los perros perseguían. Empezamos a tomar fotos y a posar frente a las cámaras; pocos minutos después tomamos el camino de regreso, bajando aproximadamente en veinte minutos la vereda que tanto esfuerzo nos había costado subir, pasamos por medio de alambres de púas y embarramos la totalidad de los zapatos, finalizamos el camino sentándonos en unas bancas y nos pusimos a conversar…

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