Sin título

Por:

Luisa Fernanda Beltrán

Una mañana fría, una compañía agradable, una botella de agua en la mano; 80 Km/h sin mucho tráfico vehicular, comentarios que vienen y van, simplemente todos queríamos disfrutar.

Bajo el rayo del sol que tímidamente se asomaba por entre las nubes hacia las 9 a.m., de un sábado 18 de septiembre, nos embarcamos a la expedición propuesta por Hermógenes, digo expedición, porque este fue el nombre que él le puso a este viaje para comprometernos más con la salida que a decir verdad, disfrutamos mucho.

“¡Qué manada de feas!” murmuraba él con su humor particular, tratando de “picarnos la lengua” a más de una en el bus; haciéndose el intelectual leía un libro de reportajes, con un paquete de papas a su derecha y haciendo uno que otro comentario en voz alta a Marta, para que se fuera con él en el camino. Pasados unos pocos minutos, nos fuimos soltando un poco más y empezamos a ponerle ambiente a la cosa. Cantando a grito herido canciones de pop, vallenato, salsa y demás, hicimos un juego en el bus, donde mas de uno, hasta de animó a bailar.

“Ya llegamos”, fue lo que dijo el señor conductor cuando todos corrimos a la ventana y vimos lo que hoy es el Salto de Tequendama; seco, sin nada que admirar, sin atractivo ni magia es lo que ahora refleja el lugar de suicidio más famoso por muchos años.

Pasados unos minutos nos concedió una entrevista un hombre de edad que habita allí por la misma zona del Salto. No recuerdo muy bien su nombre, pero expresaba su intención en sacarnos uno que otro pesito, proponiéndonos tomar una foto del grupo y diciendo que quería una bebida, para mojar la palabra en las pocas historias que quería revelar.

Tres segundos, eso es lo que dura la caída de un cuerpo al abismo de 300 metros del salto que cada vez está más seco, y aunque ahora los cuerpos no podrán perderse en el agua, por lo menos morirán al golpearse con las piedras secas. Historias tristes de suicidios llamaron la atención de nosotros, que por minutos hacíamos preguntas de cómo y de qué forma sacaban los cuerpos. Cuenta el hombre que la Defensa Civil es quién se encarga de sacar los cuerpos y el levantamiento puede tardar entre 4, 15 y 28 días.

Señalando hacia la izquierda el hombre nos muestra el criadero de chulos, los cuales aprovechan y sacan su buena carnada, pellizcando los cuerpos de las personas que deciden terminar con su vida.

Queriendo saber más, preguntamos acerca de la casa que no era casa, sino un hotel, que cuesta $780.000.000 y el cual dicen, lo quiere comprar el departamento de Cundinamarca, para convertirlo en un museo-restaurante. Según relata el hombre, Bachué fue quién formó el salto, en cuanto al hotel, ubicado en la carretera, fue fundado por italianos hacia 1917, donde conmemoraban celebraciones de la época.

Dejándonos llevar por la curiosidad, caminando en fila para evitar que un carro nos llevara por delante, uno detrás del otro durante 7 minutos, decidimos ir al salto y por un momento sentir la adrenalina y el temor que el sitio refleja, al mirar hacia abajo y sentir ese olor a muerto, sí ese olor que nos lleva a analizar y leer en una piedra gigante, lo que muchos han escrito antes de lanzarse.

Piedras grandes, que pocos logramos atravesar, mojándonos de esa agua sucia y capturando una que otra imagen, miramos alrededor y vemos que esto no es un sitio normal, ya que refleja y expresa soledad, desolación y miedo.

Algunos deciden saltar más de cuatro o cinco piedras y tomarse la foto con la virgen, si esa a los que muchos le pedirán perdón antes de lanzarse al abismo y a los que otros renegarán por no haber recibido ayuda mínima por parte de ella.

Al escuchar a Hermógenes diciendo, “no se vayan muy lejos, puede venirse el agua y llevárselos” muchos salimos del sitio sin pensarlo dos veces, con los zapatos embarrados y soportando el olor de excremento de vaca que provocaba retorcijones en mi estómago.

Tan sólo 11 decidimos entrar al hotel, pagando 3.000 pesos por persona, tratando de descubrir esa casa vieja, que lograba intimidarnos y sentir ese miedo, que desde afuera refleja. Muchas historias que no se sabe si son ciertas, relato el vigilante del hotel.

Hacia las 5 de la tarde, partimos a Bogotá, agotados por la larga jornada, pero con la satisfacción de haber disfrutado hasta el anís que tomamos para ponerle ambiente a la salida.

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