ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE

Por:

Mayer Rodríguez

Blanca Flor Rivera, Álvaro Forero y demás compañeros vieron con sus propios ojos el nacimiento y la muerte de miles de personas, y hoy se niega a salir de este laberinto fúnebre y juran quedarse en él hasta que encuentren una salida, la salida que los lleve a la libertad o que los lleve directo a la morgue.

En pleno corazón de Bogotá, se encuentra el hospital San Juan de Dios, uno de los símbolos más importantes de la historia de la medicina en Colombia por sus investigaciones científicas médicas. Lugar donde se creo la vacuna contra la malaria, que a su vez fue la primera vacuna sintética del mundo a cargo del doctor Manuel elkin Patarroyo. Este hospital se mantuvo en funcionamiento hasta el momento de su cierre en 1999 durante el gobierno de Andrés pastrana Arango por considerarse inviable financieramente.

En el que fuera el más avanzado centro de investigación en Colombia se encuentran cerca de 300 personas entre médicos, enfermeras, recepcionistas y otros ex empleados que se tomaron desde hace diez años como albergues permanentes, las salas de cirugías y consultorios psiquiátricos hoy convertidos en oscuros laberintos con aguas acumuladas que por el paso del tiempo se han formado grandes capas de moho. Estas salas que en su momento fueron dotadas con tecnología de punta y que garantizaban felicidad a familias por la llegada de una nueva vida, hoy están convertidas en guaridas desesperanzadoras que solo albergan desolación abandono y tristeza.
Atrás quedaron los días de gloria de este hospital que era admirado incluso por su imponente belleza arquitectónica. El abandono total devora su estructura a pesar del esfuerzo que hacen sus moradores para ver crecer allí a sus niños. Estas sesenta familias ante la posibilidad de permanecer en la intemperie y como quien no quiere las cosas, fueron haciendo sutiles cambios, acondicionaron lo que fue su lugar de trabajo en cuartos, cocinas y salas de recreación.

La cocina de Blanca era antiguamente la sala donde se procesaba el material para realizar los moldes de las prótesis, con tablas que encontró en un salón de escombros ajustó su mesa de comedor, el lavamanos sutilmente fue tomando forma de lavadero.

Esta señora de cincuenta y tres años era auxiliar de dietas en los tiempos gloriosos del san Juan de Dios, ahora sobrevive en el departamento de órtesis y prótesis. “Anteriormente teníamos este hospital como nuestro palacio, nos turnábamos para hacer el aseo, unas trapeaban, otras barrían, otras quitábamos el polvo y por lo general los señores se encargaban de podar el pasto, pero eso ya no se puede hacer, el estado nos puso nueva vigilancia y no permiten que ingresemos aquí ningún material de aseo como escobas ni traperos, tampoco permiten que cortemos el pasto, no se le pueden hacer mejoras al hospital, por eso estamos como estamos”.

Es evidente que estos inquilinos se consumen entre telarañas y maleza al mismo ritmo en que la humedad y el frío se cuelan sin permiso por los agujeros y las grietas de los techos y paredes.

En conjunto estos trescientos moradores forman un coro pidiendo al estado el reconocimiento y el pago integral de sus labores incluyendo seguridad social y pensión, pero mientras esta solicitud sea negada seguirán en el hospital San Juan de Dios personas de carne y hueso que malviven como enfermos desahuciados, con el juramento de quedarse allí hasta encontrar la muerte.