SI ERES BIENVENIDO, ELLOS NO TE HARÁN NADA…

Por:

Julián Cuellar

Dos horas de va
Hey, ¿te sientes bien?, te noto mareado. Aunque claro, luego de todo el “chorro” que te bajaste y esas 3 “polas” en fondo blanco, cualquiera estaría así. Esas son las únicas palabras que pude recordar de la noche del viernes, previo a la salida al Tequendama, ese lugar donde tendríamos nuestra clase de Géneros II como para variar un poco y cambiar el pesado calor en el salón de clase. Mientras abría mis ojos y la luz entraba por las tejas de mi cuarto, aún podía sentir el olor a cigarrillo y alcohol que flotaban en el aire empeorando el mareo y el dolor de cabeza, pese a que tardé 20 minutos en la ducha y me cambié de ropa, el olor seguía y el hedor del licor era mi carta de presentación para cualquiera que saludara.
Como buenos colombianos que somos, y haciendo honor a nuestra patria, salimos 1 hora después de lo acordado en días pasados. El bus que se dirigía a las cercanías del municipio de San Antonio del Tequendama rebosaba de bullicio y algarabía de jóvenes estudiantes que se estremecían por llegar y conocer un poco más acerca de esta cascada ubicada a 30 km al sur oeste de la capital, un lugar que muchos solo conocen por ser el epicentro favorito, de aquellos que creen que el suicidio es la solución a todos los males.
Mientras el bus avanzaba por la autopista sur, los cánticos de algunas estudiantes se vieron acompañados de bailes sensuales y pruebas atrevidas para matar la hora que nos tardaríamos en arribar a nuestro destino. Entre prueba y prueba y adivinanzas de canciones llegamos al Salto del Tequendama, donde algunos quedamos decepcionados al ver que el caudal de agua que teníamos en mente y que algunos vez conocimos en nuestra niñez, no era más que un pobrecito chorro de agua que intentaba asomarse por la larga caída de 157 mts., que significaba el tamaño de la cascada.
Junto al mirador y en constante decadencia por los años, se encontraba el Hotel del Salto, un Hotel que por su arquitectura mostraba que fue en su época una reina entre princesas. Fundado en la década del 20 cuando también bajo la expedición de las leyes 25 y 45, se crearon el Banco de la República y la Superintendencia Bancaria, este hotel albergó extranjeros en busca de placeres latinos, placeres que solo un lugar exótico como el Tequendama, podía ofrecer. Asesinatos y suicidios pronto afloraron en el Tequendama para que se formaran las leyendas y los mitos urbanos que hoy día rodean su geografía.
Con un vestíbulo demacrado y unas escaleras roídas por las termitas y la humedad, el Hotel del Salto nos abrió las puertas bajo su aura mística y abrumadora, que no solo encierra historias ni relatos, si no fantasmas y espectros que según Xxxxx asustarían hasta al más valiente. Don Xxxx lleva siendo el guarda de este hotel desde hace 15 años, 15 años que según él, ha visto cómo muchos han salido corriendo, por no ser bienvenidos en él. –Si usté es de esos que no creen en los fantasmas, ellos lo comenzarán a asustar y no lo dejarán en paz hasta que salga pitao’ de la casa-, la cara de muchos de los que estábamos allí fue cambiando a medida que nos internábamos en la planta baja del Hotel, con fuerza en los brazos y pasos lentos, descendimos hasta un pequeño cuarto totalmente destruido, en el rincón más alejado del hotel. Algunos no podíamos evitar ver hacia el corredor que conectaba al cuarto del rincón con las escaleras por las que habíamos descendido, en busca de alguna aparición o de laguna señal de algún fantasma. Con cada relato más se sentía el peso de la atmósfera, como si en vez de una historia, Don Xxxx estuviese recitando un conjuro para atraer a los espíritus.
Cada habitación, cada peldaño y cada muro de ese antiguo hotel, narraba en su arquitectura una historia, un pasado y un acontecimiento que en algún punto de la historia cambió el curso de la vida, de algún desafortunado mercader, o una pobre prostituta, que encontraron en él su triste final. Ahora con los años encima y sus paredes a punto de desmoronarse, El Hotel solo es habitado por aquellos mismos huéspedes que únicamente lo abandonaron de manera física, pero que su espíritu aún se mantiene rondando por sus corredores asustando a aquellos que osen entrar sin el debido respeto que ellos merecen.