Un salto vacío

Por:

Katherine Cárdenas Lamilla

La llegada al salto del Tequendama invadió en mis profundos sentidos un olor fetido que llenaba mi cuerpo de cierto fastidio, una afición que hacia traer recuerdos amargos en mi memoria fotográfica y cierta tristeza al ver el resultado de lo que era ahora este patrimonio cultural que durante muchos años fue escena de numerosas y grandes hazañas mitológicas.
De acuerdo con algunos relatos que lograron llegar por parte del señor quien nos conto sus historias, en la mitología Muisca el Salto de Tequendama es atribuido a Bochica. Este relato cuenta que Chibchacum (dios protector del Zipa) se ofendió porque su pueblo aceptó malos consejos de Huitaca (una diosa que podría asociarse con el mal) la cual guío al pueblo a llevar una vida llena de placeres, juegos y borrachera llevando a que se negaran las ofrendas a Chibchacum; este se indignó contra los bacates, porque ya casi todos murmuraban de él y le ofendían en secreto y públicamente. Como venganza, lleno de ira, Chibchacum creó una gran inundación al desatar tempestades y desviar los ríos Sopó y Tibitó, que creciendo rápidamente anegaron la sabana hasta inundarla totalmente. Las sementeras y labranzas se echaron a perder; la gente, que por entonces era numerosa, empezó a padecer las calamidades del hambre.

La niebla y la magia que envolvían el Salto del Tequendama, una de las caídas de agua emblemáticas de nuestro país, que se había convertido en un famoso atractivo turístico lleno de historias y leyendas sobre la cultura muisca, tristemente es hoy un paraje desolador. El agua ya no cae por ese abismo rocoso de más de 150 metros de altura y al final de lo que antes era una maravillosa cascada, lo único que queda es un pequeño pozo oscuro repleto de basura que hiede.
Lo cierto es que la tristeza y el desconcierto de los turistas, que viajan a visitar lo que antes era una hermosa caída de agua, son cada vez mayores, al igual que las de los habitantes de la zona, quienes ya no resisten los olores que salen de aquel abismo, que antes era motivo de orgullo.
Este salto a pesar de su lamentable estado actual, conserva un gran grado de estima entre los bogotanos. Fuera de anterior mito, cabe mencionar la descripción que hiciera el naturalista Humboldt de este salto, quien le dio con ayuda del barómetro una altura de 185 metros.

El Salto de Tequendama debe su aspecto imponente a la relación de su altura y de la masa de agua que se precipita.
Este salto, famoso por sus suicidas y porque algunos músicos de pueblo le han compuesto canciones, está siendo objeto de un importante proceso de renovación que incluye la reforestación de un bosque nativo aledaño y la restauración, a futuro, de la casa dónde funcionó el Hotel ‘El Refugio’, que mira silenciosa la imponente caída de agua.El Salto, ubicado en el municipio de Soacha y a tan sólo cinco kilómetros de la capital, ha sido un referente cultural que ha enamorado durante siglos a generaciones de bogotanos. Para los muiscas era sitio sagrado y escenario de innumerables leyendas.

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