UN SALTO DE VIDA MUERTA

Por:

Carlos Andrés Salamanca

Al arrojar su vara de oro al Tequendama y abrir las peñas para sacar el agua que inundaba a la sabana, Bochica el dios de los chibchas nunca se imaginó que aquella majestuosidad, remotos años después se convertiría en destino final de personas asfixiadas por la vida y en el refugio de Chulos hambrientos, que pacientemente esperarían por triturar todo lo que pudiesen encontrar a su paso.

Después de un apacible recorrido de más de 100km por la hermosa sabana de Bogotá, el olor a muerte nos da la bienvenida y nos impone su autoridad.

Al frente de nosotros sobre un abismo rocoso de forma circular que forma la cascada , con una altura de 157 metros , el Salto de Tequendama nos saludaba, o tal vez nos gritaba su inmenso dolor, con vientos incontrolables los cuales connotaban las vidas que por allí habían pasado sin huella alguna.

Adentrándonos en su corteza, con el olor a chorizo y rellena que contrastaba con el olor nauseabundo que destila de lo más profundo del salto, decidimos llegar hasta el punto donde muchas personas valiente o cobardemente emprenden el camino hasta el otro mundo.

Con el barro cubriendo nuestros zapatos, con la inestabilidad que el terreno producía, tal vez queriéndonos decir que lo dejáramos en paz, llegamos al punto de la virgen, con su cara totalmente sucia, con su manto cubierto de barro tal vez salpicada por el río Bogotá que aporta su afluente, en esta que alguna vez fue un atractivo turístico visitado por nobles personajes y turistas extranjeros que venían a deleitarse de una maravilla creada por los dioses, y que hoy está olvidada y totalmente desprotegida.

Una enorme piedra ubicada tal vez estratégicamente para aquellas personas que desean obtener un trampolín hacia la muerte, presenta sus lapidas de dolor las cuales son presentadas allí como muestra de nuestra desgracia humana “Tus problemas tienen solución , el señor Jesucristo te dice: Yo soy el camino la verdad y la vida” esta frase escrita en la piedra trata de alentar a aquellas personas aburridas con la vida y que creen que el único camino posible ante un problema es la muerte.

Esta recomendación no la siguió Jader Javier Figueroa, quien a sus 30 años y tal vez hartado de la vida decidió lanzarse al precipicio y terminar de una vez por todas con lo que le aturdía tanto, al ver esta lapida un frió incontrolable corre por mi ser, me detengo a pensar que tanto valor puede tener una persona al decidir acabar con todo, acabar con su vida, a su lapida la acompaña un mensaje que dice “Amigo tu no has muerto tu cuerpo descansa aquí, tu alma con el señor y tu corazón con nosotros” este es nuestro salto a la muerte.

Después de ver tanta inmundicia de la vida más que todo, al devolvernos al punto de encuentro algunos compañeros decidieron visitar el Hotel del Salto, aquel majestuoso Hotel de lujo construido en 1928, lo cual muestra el gran interés que representaba por entonces.

De aquel bello y concurrido lugar hoy en día solo quedan las historias que de aquel hotel se cuentan, en la que dicen habitan los fantasmas de las personas que se tiran del salto y los ancianos que por unas monedas inventan historias traídas de los cabellos, o tal vez historias hermosas que algún día desearon haber vivido.

Después de aquellos momentos extremos vividos, de aquella consternación profunda al ver tanta maravilla totalmente despedazada por las manos del inclemente hombre que día tras día impone su autoridad, y tal vez con un único objetivo que es el de acabar con todo lo que encuentre a su paso, tal vez por su mezquindad o falta de consciencia con el mundo que termina siendo el legado que dejamos a nuestras generaciones, Llegó el momento del regreso.

Con todos los relatos de los empiricos exploradores, emprendimos nuestro camino de regreso a Bogotá, unos compañeros durmiendo, otros hablando o cantando en grupo; la principal conclusión a la que todos terminamos llegando es que como dice aquel viejo y conocido refrán “Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”.

Un salto vacío

Por:

Katherine Cárdenas Lamilla

La llegada al salto del Tequendama invadió en mis profundos sentidos un olor fetido que llenaba mi cuerpo de cierto fastidio, una afición que hacia traer recuerdos amargos en mi memoria fotográfica y cierta tristeza al ver el resultado de lo que era ahora este patrimonio cultural que durante muchos años fue escena de numerosas y grandes hazañas mitológicas.
De acuerdo con algunos relatos que lograron llegar por parte del señor quien nos conto sus historias, en la mitología Muisca el Salto de Tequendama es atribuido a Bochica. Este relato cuenta que Chibchacum (dios protector del Zipa) se ofendió porque su pueblo aceptó malos consejos de Huitaca (una diosa que podría asociarse con el mal) la cual guío al pueblo a llevar una vida llena de placeres, juegos y borrachera llevando a que se negaran las ofrendas a Chibchacum; este se indignó contra los bacates, porque ya casi todos murmuraban de él y le ofendían en secreto y públicamente. Como venganza, lleno de ira, Chibchacum creó una gran inundación al desatar tempestades y desviar los ríos Sopó y Tibitó, que creciendo rápidamente anegaron la sabana hasta inundarla totalmente. Las sementeras y labranzas se echaron a perder; la gente, que por entonces era numerosa, empezó a padecer las calamidades del hambre.

La niebla y la magia que envolvían el Salto del Tequendama, una de las caídas de agua emblemáticas de nuestro país, que se había convertido en un famoso atractivo turístico lleno de historias y leyendas sobre la cultura muisca, tristemente es hoy un paraje desolador. El agua ya no cae por ese abismo rocoso de más de 150 metros de altura y al final de lo que antes era una maravillosa cascada, lo único que queda es un pequeño pozo oscuro repleto de basura que hiede.
Lo cierto es que la tristeza y el desconcierto de los turistas, que viajan a visitar lo que antes era una hermosa caída de agua, son cada vez mayores, al igual que las de los habitantes de la zona, quienes ya no resisten los olores que salen de aquel abismo, que antes era motivo de orgullo.
Este salto a pesar de su lamentable estado actual, conserva un gran grado de estima entre los bogotanos. Fuera de anterior mito, cabe mencionar la descripción que hiciera el naturalista Humboldt de este salto, quien le dio con ayuda del barómetro una altura de 185 metros.

El Salto de Tequendama debe su aspecto imponente a la relación de su altura y de la masa de agua que se precipita.
Este salto, famoso por sus suicidas y porque algunos músicos de pueblo le han compuesto canciones, está siendo objeto de un importante proceso de renovación que incluye la reforestación de un bosque nativo aledaño y la restauración, a futuro, de la casa dónde funcionó el Hotel ‘El Refugio’, que mira silenciosa la imponente caída de agua.El Salto, ubicado en el municipio de Soacha y a tan sólo cinco kilómetros de la capital, ha sido un referente cultural que ha enamorado durante siglos a generaciones de bogotanos. Para los muiscas era sitio sagrado y escenario de innumerables leyendas.