Sin título

Por:

Luisa Fernanda Beltrán

Una mañana fría, una compañía agradable, una botella de agua en la mano; 80 Km/h sin mucho tráfico vehicular, comentarios que vienen y van, simplemente todos queríamos disfrutar.

Bajo el rayo del sol que tímidamente se asomaba por entre las nubes hacia las 9 a.m., de un sábado 18 de septiembre, nos embarcamos a la expedición propuesta por Hermógenes, digo expedición, porque este fue el nombre que él le puso a este viaje para comprometernos más con la salida que a decir verdad, disfrutamos mucho.

“¡Qué manada de feas!” murmuraba él con su humor particular, tratando de “picarnos la lengua” a más de una en el bus; haciéndose el intelectual leía un libro de reportajes, con un paquete de papas a su derecha y haciendo uno que otro comentario en voz alta a Marta, para que se fuera con él en el camino. Pasados unos pocos minutos, nos fuimos soltando un poco más y empezamos a ponerle ambiente a la cosa. Cantando a grito herido canciones de pop, vallenato, salsa y demás, hicimos un juego en el bus, donde mas de uno, hasta de animó a bailar.

“Ya llegamos”, fue lo que dijo el señor conductor cuando todos corrimos a la ventana y vimos lo que hoy es el Salto de Tequendama; seco, sin nada que admirar, sin atractivo ni magia es lo que ahora refleja el lugar de suicidio más famoso por muchos años.

Pasados unos minutos nos concedió una entrevista un hombre de edad que habita allí por la misma zona del Salto. No recuerdo muy bien su nombre, pero expresaba su intención en sacarnos uno que otro pesito, proponiéndonos tomar una foto del grupo y diciendo que quería una bebida, para mojar la palabra en las pocas historias que quería revelar.

Tres segundos, eso es lo que dura la caída de un cuerpo al abismo de 300 metros del salto que cada vez está más seco, y aunque ahora los cuerpos no podrán perderse en el agua, por lo menos morirán al golpearse con las piedras secas. Historias tristes de suicidios llamaron la atención de nosotros, que por minutos hacíamos preguntas de cómo y de qué forma sacaban los cuerpos. Cuenta el hombre que la Defensa Civil es quién se encarga de sacar los cuerpos y el levantamiento puede tardar entre 4, 15 y 28 días.

Señalando hacia la izquierda el hombre nos muestra el criadero de chulos, los cuales aprovechan y sacan su buena carnada, pellizcando los cuerpos de las personas que deciden terminar con su vida.

Queriendo saber más, preguntamos acerca de la casa que no era casa, sino un hotel, que cuesta $780.000.000 y el cual dicen, lo quiere comprar el departamento de Cundinamarca, para convertirlo en un museo-restaurante. Según relata el hombre, Bachué fue quién formó el salto, en cuanto al hotel, ubicado en la carretera, fue fundado por italianos hacia 1917, donde conmemoraban celebraciones de la época.

Dejándonos llevar por la curiosidad, caminando en fila para evitar que un carro nos llevara por delante, uno detrás del otro durante 7 minutos, decidimos ir al salto y por un momento sentir la adrenalina y el temor que el sitio refleja, al mirar hacia abajo y sentir ese olor a muerto, sí ese olor que nos lleva a analizar y leer en una piedra gigante, lo que muchos han escrito antes de lanzarse.

Piedras grandes, que pocos logramos atravesar, mojándonos de esa agua sucia y capturando una que otra imagen, miramos alrededor y vemos que esto no es un sitio normal, ya que refleja y expresa soledad, desolación y miedo.

Algunos deciden saltar más de cuatro o cinco piedras y tomarse la foto con la virgen, si esa a los que muchos le pedirán perdón antes de lanzarse al abismo y a los que otros renegarán por no haber recibido ayuda mínima por parte de ella.

Al escuchar a Hermógenes diciendo, “no se vayan muy lejos, puede venirse el agua y llevárselos” muchos salimos del sitio sin pensarlo dos veces, con los zapatos embarrados y soportando el olor de excremento de vaca que provocaba retorcijones en mi estómago.

Tan sólo 11 decidimos entrar al hotel, pagando 3.000 pesos por persona, tratando de descubrir esa casa vieja, que lograba intimidarnos y sentir ese miedo, que desde afuera refleja. Muchas historias que no se sabe si son ciertas, relato el vigilante del hotel.

Hacia las 5 de la tarde, partimos a Bogotá, agotados por la larga jornada, pero con la satisfacción de haber disfrutado hasta el anís que tomamos para ponerle ambiente a la salida.

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LA MUERTE LENTA DEL SALTO

Por:

Jennifer Enríquez

Este lugar, donde el Río Bogotá tiene una caída de 132 metros aproximadamente; de una vista hermosa y uno de los lugares mas visitados por su belleza natural, esta muriendo lentamente a causa de la contaminación, así guardando con el tantas historias de las que no conocemos su veracidad.

En aquella mañana, salimos de la universidad Los Liberadores un grupo de 20 estudiantes de Comunicación Social y periodismo; llenos de expectativa y esperando llegar pronto al Salto del Tequendama a 30 km de Bogotá. Muchos para conocer y oros para recordar lo que conocíamos de este maravilloso lugar. Al llegar, la primera imagen que vi fue al cielo cubierto de espesa neblina y una vista espectacular del salto, solo que con una diferencia muy grande, ya no era el mismo donde el agua corría en grandes cantidades y caía fuertemente sobre las rocas sucias que estaban al final del abismo.

Con mis compañeros queríamos conocer un poco mas de la naturaleza del salto y decidimos con el profesor Hermógenes ir a la cima de este, fue así que empezamos a subir por el borde de la carretera, durante el camino nos encontramos con unas vacas que todavía me asombra como pueden comer sin caerse por los cerros y peor aun con ese olor tan desagradable que sale del agua del rió; seguimos descendiendo y vimos un aviso que prohibida el ingreso, pero hicimos caso omiso a eso y pasamos la cerca de seguridad para seguir por la zona verde que rodea la cima de este, claro que además de ver eso, el olor era nuestro mayor guía ya que cada vez se hacia mas fuerte.

Al llegar al objetivo nos encontramos con una roca muy grande que tenia un mensaje muy especial, decía: “Tus problemas tienen solución, el señor Jesucristo de dice: yo soy el camino, la verdad y la vida’’, esta piedra estaba rayada con diferentes nombres y cosas que no se podían definir pero que pueden ser de las personas que decidieron terminar con sus vida en este lugar, eso no lo se, pero lo que si es evidente, es que fue hecho para evitar tantos suicidios ya que la gente busca mucho este lugar para ‘terminar’ con sus problemas pero que en muchos casos e historias se cuenta que las almas quedan penando. Pero bueno eso es algo que no podríamos comprobar o por lo menos en este viaje, ya que muchos de estos casos han llegado a su fin sin tener una respuesta verídica o comprobable.

Y continuando con el viaje a la cima, pasamos esa gran roca que nos produjo diferentes pensamientos y sensaciones, llegamos a los 134 metros de altura, el agua era totalmente negra muy sucia definitivamente, por eso producía ese fuerte olor pero el agua era mas escasa, sus piedras un poco raras a mi parecer, tenían muchos huecos y formas, se veían muy suaves y su color estaba bien, nada sucias para el color del agua; con mis compañeros recorrimos ese espacio muy grande y llamativo por su extraña belleza.

Pero además de eso se veía mucha basura, botellas, ropa y diferentes desechos que este arrastra en su recorrido, desde muchos kilómetros atrás y que son los causantes de ese mal olor y peor aun, lo mas grave e importante, ver la muerte lenta de esta atracción turística y natural que se ha visto afectada por la contaminación y falta de concientización de muchos ciudadanos, lo bueno seria valorarlo y cuidarlo para no perderlo.

PRECIPICIO SIN SALIDA

Por:

Diana Carolina Restrepo Osorio

Era un lugar escalofriante, pero a su vez hermoso, no era una flora y fauna amazónica, pero si tenía gran cantidad de zonas verdes, no eran muchísimos arboles, pero si los suficientes para
Se dice que la caída dura tan solo tres segundos, lo cuenta un hombre viejo con problemas respiratorios y con ganas de ser invitado a una gaseosa pot contar a u grupo de estudiantes y un profesor la historia, la historia de un hotel totalmente destruido.
Muchos de los jóvenes eran, arriesgados, no temían acercarse a la orilla del abismo y observar; tampoco pusieron peros para tomarse una y otra foto junto a este paradisiaco fondo sin salida.
Caminando por la orilla de la carretera todos íbamos en una larga fila india y con precaución por el rápido paso de los carros y algunas motos. Era una bajada realmente “desagradable”, cubierta en su totalidad de un fango mal oliente, donde nos convertíamos en renacuajos saltarines sobre las piedras enterradas. Hermogenes, el profesor un señor de tez morena, ojos grandes y una barriga grande a causa del buen comer, poco ejercicio y otras razones, dejo ver su valentía después de que unos de mis compañeros marón la iniciativa de pasar por tal camino y ver que muy pocos quedábamos en la parte superior de aquel camino.
Fui la última persona en bajar, pero al llegar al destino fue sorprendente observar que Eder un y miles de desechos arrojados por una cercana industria que optaron por quitar el agua limpia para la energía de este lugar.
Ellos querían tener el cruel recuerdo de tomarse una foto junto a la virgen que, aquellos valientes o cobardes rezan antes de tirarse, sin embargo fueron pocos los que lo lograron. Era pestilente el olor en dicho lugar provoca nauseas y repudio con solo recordarlo. Al encontrarnos nuevamente todo el grupo regresamos al lugar de encuentro, allí negociamos y discutimos el costo de la entrada al hotel supuestamente abandonado, porque ahí habita el celador y su familia en un cuarto, o eso es lo que cuentan las personas que por curiosidad e intriga querían conocer espectros o fantasmas que les llaman que le dicen en tal lugar que fue uno de os sitios mas lujosos convirtiéndose en ruinas.
Carlos Salamanca, Martha, Yina, Laura Mosquera, Darwin, Liane, Felipe, Eder Hermógenes y yo no quisimos entrar allí por diferentes motivos o motivaciones, sacamos unos cuantos paquetes de bebimos unos sorbos de aniz para pasar algunos comentarios. Esperamos ansiosamente la llegada del resto del grupo, creímos que llegarían a contarnos extraordinarias historias, que habían capturado la imagen de algo extraordinario en un fotograma, pero no… fue frustrante saber que no ocurrió nada, después de conocer las historias de las personas que se suicidaban y quedaban sus almas en pena rondando por el hotel.
Saliendo a las nueve y media de la mañana en un pequeño bus y no con la mejor apariencia, tomamos el camino de regreso a las cuatro y cuarenta y cinco, ya muchos cansados con diferentes pensamientos e intensiones en la cabeza escuchando bachata, reggaetón, y salsa jugábamos unos con otros, se miraban unos a otros y no llego a saber que hicieron unos con otros.

El salto, el paraíso que se convirtió en leyenda

Por:

Andres Fabián Espinosa Álvarez

Era un 25 de septiembre cuando nos internamos en el hermoso paisaje que nos regalaba la sabana a unos cuantos kilómetros fuera de Bogotá.

Bajo un rayo de sol que intentaba combatir contra la neblina, descendimos del vehículo para explorar aquel accidente geográfico que en sus épocas doradas brillaba como esa luz que nos acobijaba en ese momento.

Esa catarata que desembocaba sus aguas con furia a una altura de 158 metros rugiendo e imponiéndose como el orgullo de la región.

Lugar en el cual se hilaron historias acerca de personan que encontraron el fin a sus problemas lanzándose a sus aguas, historias de amor y muerte que se convirtieron en leyenda.

Ahora el salto se hunde en sus propias aguas, pudriéndose y muriéndose lentamente por culpa de la contaminación del hombre.

Le restan pocos meses para que sus aguas dejen de correr y expedir esa fetidez que acabó como hogar para los cuervos. Así como se desmoronó el esplendoroso hotel que fue el orgullo de la clase oligarca.

Un hotel que se encuentra ubicado frente al salto hundido entre la miseria y habitado por las almas de aquellos mortales que un día acabaron con su vida.

Aislado por la soledad con habitaciones sin puertas, ni pisos, ni electricidad y encerrados detrás de un portón del que pende un candado grande oxidado por el agua.

Lo que fue un día la parada obligatoria de miles de conductores como excusa para probar la comida de la región y la sensación de placer al observar el hermoso paisaje, con el tiempo pasó a ser una leyenda.

Solo quedan las piedras y un barranco desolado lleno de nostalgia por lo que un día fue y ya no será.

EL REFUGIO DEL OLVIDO Y EL SILENCIO

Por:

Andrés Martínez

Caminar por aquella casa es como viajar sin rumbo fijo,  o mejor a un parecíamos militares  esquivando las posibles minas  que habían en aquel  2 y 3 piso, si huecos que no veíamos por las escaleras, el silencio invadía, solo se escuchaba el sonido de lo que queda de aquella cascada cada vez que abría la ventana, era imaginar como aquella gente se suicidaba en aquel  entonces.

El Refugio del terror  para algunos pero para otros el lugar de encuentros amorosos, lastimosamente  así es el  lugar  donde solo viven los fantasmas del conocido salto te Tequendama  Y junto a ellos el excremento  que  se pudre, no me refiero a los que matan, violan,  o dejan huérfanos  no  , los excremento  de aquellas personas que todavía la visitan.

El 1 piso de sementó donde aparece todavía el hombre sin cabeza con sus 2  perros el fantasma del poder él quien decide quién es aceptado o rechazado en la casa el Refugio. Ya no queda nada solo el recuerdo de lo que para nuestros abuelos algún día fue monumento cultural y quizás pueda volver hacerlo pues el departamento de Cundinamarca quiere volverlo a restaurar.

Esperar si este lugar tan visitado vuelve a nacer para la alegría de muchos y no visitarlo y traerse una imagen triste si no de admiración de este sitio tan representativo como lo es el SALTO DEL TEQUENDAMA Y LA CASA EL REFUGIO.

EL SALTO DEL TEQUENDAMA Y SUS ALREDEDORES

Por:

Laura Zamudio

En la mañana del 18 de septiembre  alas 9 de la mañana los estudiantes de comunicación social y periodismo de la universidad los libertadores y el profesor Hermógenes, salieron hacer un reportaje al lugar mas hermoso pero olvidado por una sociedad actual bacía, mas conocido como el salto del Tequendama, alquilaron un, con la expectativa de llegar y ver este lugar que antiguamente era uno de los mas visitados, se subieron y con rimas y cancines en un largo viaje de una hora llegaron se bajaron y al admirarlo les trajo muchos recuerdos. Un espacio libre puro, solo, sobrio y oscuro que alguna vez tuvo una historia pero que desapareció con el tiempo.

todos bajaron a escuchar al profesor contar tristes historias de lo que venían  hacer la gente despiadada y sumisa en medio de la desesperación, como suicidarse y dejar su vida en medio de la desesperación y no son pocas; son muchas las personas que van se lanzan y lo dejan todo. Después de escuchar historias tristes  en medio de una tarde de sol y alegría se tomaron fotos admiraron el paisaje y siguieron a ver el catillo que inicialmente era un de los hoteles mas lujosos y importantes donde iban las personas mas respetadas de la sociedad a descansar y a ver la casada blanca cristalina y helada que caía sin piedad ,los estudiantes muy intrigados buscaron a alguien que supera bien la historia para saber mas tema y le dijeron al guardia que cuida el hotel pero de un carácter fuerte y nada agradable  les dijo con la mirada todo y respondió el único es el seño                     quien a estado aquí mucho tiempo y se a dado cuenta de todo lo que pasa por acá y efectivamente este señor ya viejo no tan agraciado les conto pero antes les saco para una foto de las que el toma para ganarse la vida y una gaseosa para continuar la historia en medio de muchas preguntas el fue accediendo y conoto historias muy interesantes como la perdida del hotel por el cambio urbano que fu alejando todo lo bueno que quedaba alas afueras y el actual dueño que lo tiene abandonado. Pero lo mas interesante fue lo que algunos estudiantes percibieron alrededor del hotel, se escuchaba música como de muerte y el lugar muy frio entonces le preguntaron al señor y el respondió que cada semana mes años venia la gente a suicidarse y que rondaban por tres días el hotel conto que este tenia tres piso y que cada piso habitaba un espíritu diferente, dijo que en el primero había uno muy juguetón que en el segundo uno que rondaba a cada momento y en el tercero uno que le gustaba escuchar música y que todos los días tocaba ponerle música para que no molestara la familia que habitaba la casa en este caso la familia del guardia que cuida el hotel .

Aun no contentos con eso convencieron al señor para que los dejara entrar al hotel y el les cobro 3000 pesos a cada uno , muchos no quisieron entrar y un grupo reducido como de trece entro ,muy asustados recorrieron el hotel pero solo vieron ruinas, pedazo de cosas rotas cuadros oxidados pero eso si un lugar muy tenebroso tanto de una de las estudiantes casi se desmalla de susto les dio por tomarse fotos y en una se ve una sombra muy sospechosa y miedosa  mientras que los que se quedaron afuera solo pensaban en la perdida de tiempo entrando a un  lugar si ya se sabia que estaba sucio y lleno d escombros.

Después continuaron su recorrido más a delante en la mitad de unos matorrales pudieron entrar ala cascada la cual estaba sucia muy escasa y el olor no era le mejor olía como azufre pasaron entre las piedras uno casi se cae pero después e una largo recorrido y descubrimiento de dieron cuenta dela valor que tenía este inmenso lugar, como también lo inseguro que se había convertido ya que no solo se suicidan sino también botan los fetos de bebes que abortan y vienen hacer sectas satánicas, terminando de corromper lo poco que queda de patrimonio.

El mugriento fantasma del abismo

Por:

Robert Alejandro Jesurún Ramírez

“No había nada al alcance del oído, ni de la vista, excepto una inmensidad de negro limo; y, sin embargo, la absoluta quietud y la monotonía del paisaje me agobiaban con un terror nauseabundo”

                                         H.P. Lovecraft, Dagón.

Nos encontramos aquel frío sábado en la mañana, en alguna universidad de la pétrea selva sabanera que es Bogotá. Quedé de encontrarme con mis compañeros de curso y con el profe para ir a aquel lugar de horrores que llamamos el Salto del Tequendama. Sitio inmundo, letrina de los citadinos, fragante a estiércol y basura, cuyo nombre es apenas una nota al pie de la salvaje era precolombina, antes de que el hombre blanco llegara y mandara todo al carajo. Lo que debió ser en algún momento un sitial paradisiaco se convirtió en un territorio nauseabundo, que incluso al mismo Cthulhu le hubiera dado asco llamar su hogar. Para este viaje, llegaríamos al chuzito de nuestra educación superior y tomaríamos el bus para salir de esta mole de concreto y superpoblación.

Tras una breve espera y una compra fallida de cebada fermentada, finalmente nos montamos al bus. Se suponía que iba a ser una excursión de trabajo, donde investigaríamos y recolectaríamos datos para hacer nuestra crónica, pero como cosa rara, empezamos a escuchar Oxígeno y a bailar y reír como tontos. Yo me comporté como el payaso que soy durante todo el viaje de ida, bailando reggaetón con dos damas hermosas como lo son Deisy y Jennifer, gorreando cerveza comprada en Soacha y cantando –o mejor, chillando- canciones de variado pelambre. En la bomba de gasolina, donde paramos un momento para tanquear el bus, mis chistes se pusieron más pesados, hablando sobre lubricación femenina y causando traumas de por vida a medio grupo al subirme la camisa promocionando productos para adelgazar. A medida que nos alejábamos de la civilización, el impresionante hedor de las aguas sucias permeaba el aire del bus. Muchos nos tapamos las narices, otros empezaron a sentir arcadas en sus gargantas. Cerramos las ventanas para evitar el “perfume francés”. Craso error: nos sofocamos en él.

Finalmente, una derruida casa de un color rosáceo, recubierta de maleza como un filete de salmón enmohecido nos dio la bienvenida a nuestro destino. Nos estacionamos en el mirador más sarcástico que haya conocido: en teoría es para mirar el hermoso paisaje que el río forma a nuestros pies, pero en realidad era una ventana a Mordor. Los llamados “chulos”, mensajeros del Hades, sobrevolaban nuestras cabezas como los Nazgûl, aquellos servidores del maligno Sauron, que vigilaban la Tierra Media buscando el Anillo. El panorama era digno de John Milton, casi esperando que los ángeles negros dieran la bienvenida a Satanás para que resurgiera entre el mugriento líquido.

Tomamos las fotografías de rigor, mientras veíamos el agua de color del ébano caer por entre las rocas. Subimos las bardas del mirador, y caminamos al borde del frondoso abismo que nos esperaba en el fondo. Mis reflejos de gorila ebrio me pusieron, en más de una ocasión, cerca a una caída libre de casi 300 metros. Mi considerable peso hubiera causado un pequeño temblor, y el cadáver no hubiera sido difícil de encontrar, pero bueno, al menos el río no recibió otro contaminante.

Los celadores del hotel en ruinas que había sobre el precipicio nos concedieron dos entrevistas. Como es bien sabido, este era el sitio favorito de muchos suicidas cuando Bogotá era apenas un pueblito provinciano. Miles de fotos en sepia y blanco y negro retratan aquellos que, tras un fracaso amoroso o financiero, deciden lanzarse al agua, con eso si no mueren del golpe tan áspero se mueren de la intoxicación al entrar en aquella piscina de mugre y horror. “Cuando la gente viene a suicidarse, al borde de la carretera, atraviesan, llegan al Salto y se botan…” nos decía don Luis, uno de aquellos seres vetustos que vigilan lo poco que queda por cuidar en este sector. Tres segundos, según don Luis, tres segundos dura la caída a este pozo de inmundicia, tres segundos en los que las fuerzas newtonianas jalan a aquellos desdichados hacia un fin certero. Tres segundos, lo que dura el descenso al Noveno Círculo del Infierno.  “Nunca dejan un cuerpo ahí: vienen la Defensa Civil y los Bomberos, cierran las compuertas, suben… el cuerpo. Hay veces que el cuerpo se demora 8 días, 15 días 28 días; porque el Sato tiene unas piedras así. Entonces el cuerpo queda apeñuscado… ”: Lenta agonía de los infortunados que caen entre las rocas, servidos como cena en el Tramonti para los chulos.

Decidimos con el grupo, después de las entrevistas, el caminar un rato hacia el norte y encontrarnos con una entrada hacia el nauseabundo río, la entrada de las almas desesperadas. Nos volamos la cerca y el aviso de “No pasar”, y tomamos un pequeños pero muy empinado descenso, lleno de barro y arbustos espinosos. A medida que me acercaba, el hedor era cada vez más fuerte, además de ver tallados en las rocas deprimentes mensajes y epitafios. No había alguna duda: estábamos descendiendo al mismo Infierno. El claro día que hizo solo enfatizó la ironía de tener un lugar tan feo en medio del “paraíso” chimbo con el que pintan a Colombia. Vimos la Virgen al borde del precipicio y la otra orilla del dantesco arroyito, y buscamos un camino para pasar por encima de las negruzcas aguas, como si se hubiera roto un oleoducto y todo el oro negro se hubiese filtrado entre las piedras.

Buscando evitar sumergir mis recias botas de cuero en el nauseabundo limo, salté las piedras con el objetivo de alcanzar la Virgen. Pero, una vez más mi pesada y poco grácil humanidad me dejó varado en medio del infernal afluente, rodeado de aguas color petróleo y una amplia variedad de basura y mugre. Derrotado y frustrado, regresé como pude a la orilla donde empecé, con el pantalón con un vergonzoso roto y el aroma pegado a mis fosas nasales. Regresamos al mirador, con una extraña sensación de hambre, pensando en convertirnos en Cazafantasmas y entrar al hotel para verlo por dentro. Al fin, una curiosidad que tuve desde pequeño iba a ser satisfecha.

Después de una ardua negociación y unos cuantos gramos de colesterol extra en nuestro sistema –si, encima de este lugar de horrores y hedores venden comida, ¿Cómo hacen para venderla y consumirla? Muy buena pregunta-, logramos entrar al filete de salmón vencido. Quiero decir, entramos al hotel, que alguna vez fuese un sitio de esplendor y buena rumba. Ahora, es supuestamente una casa embrujada donde un aquelarre de fantasmas contemporáneos con Gaitán se daban cita para darles un mal rato a todos aquellos que osaran invadir su morada. Entré a la casa, sintiéndome como Al-Hazred sumergiéndose en sus alocadas visiones dentro de la prohibida Ciudad sin Nombre, buscando los horrores ancestrales olvidados por el tiempo. Era un lugar en ruinas, mohoso y semidestruido. Lo que antaño era un lugar de diversión y hedonismo, ahora era una locación fantasmal, atravesada por la traviesa y destructiva mano de Cronos.



Contrario a mis expectativas, era un lugar bien iluminado, con miles de ventanas con vista hacia el Salto. Entramos a un pabellón de bienvenida, un pequeño vestíbulo con una escalera que daba hacia los pisos inferiores. Las paredes, blancas, se mantenían firmes a pesar del olvido, los pisos de madera mostraban huecos enormes, y crujían a cada paso que dábamos. Encontramos en nuestro camino varias habitaciones, hoy vacías, un húmedo y oscuro cuarto de lavandería que parecía un calabozo de los inquisidores, un baño, en buen estado pese a todo, con el extraño detalle de una pequeña cruz, hecha con dos palitos, colgada en el marco de la puerta.

Acallé mi voz por unos segundos, esperando escuchar el Azif, los indescifrables susurros de aquellos espíritus sin paz ni descanso, pero solamente atiné a oír las risas y comentarios de nuestra improvisada pandilla de Scooby Doo. El celador, aquel que nos abrió las puertas a aquella tumba de Tutankhamón y cuyo nombre fue enterrado en lo más recóndito de mi memoria, conoce como la palma de su mano a aquellos seres del más allá estancados en el más acá: sus patrones, sus costumbres e incluso sus preferencias personales. Según él, ellos le”recibieron”, es decir, lo acogieron, ya que los espectros no lo consideraron como un elemento perturbador en su limbo. Así nos describieron a uno de sus “amigos”: “Dicen que fue un tipo que asesinaron aquí y le cortaron la cabeza […] ”, este fantasma, retratado por un equipo de producción audiovisual, habita una amplia habitación del piso inferior, junto a una columna de soporte. Un fantasma que es descrito como un gigante decapitado, con una capa y sus grandes Cerberos a sus pies. Aparentemente, y según este caballero, hemos sido “bienvenidos” por este ente, ya que acalló su voz y no perturbó nuestra visita soltando a sus sabuesos.

Salimos de este sitial de leyenda, tomando fotos y subiendo las vetustas escaleras. A medida que fuimos conociendo los secretos e historias de esta ruinosa instalación, mucho del misterio y asombro que nos colmaba cuando cruzamos el umbral se disipó. Mientras salíamos al maloliente paraje adonde llegamos, miré una última vez hacia la “maravilla” creada por la magia de un olvidado dios chibcha. Por un breve instante, sentí un nudo en la garganta, y a fin entendí la sensación que tuve desde mi bajada del bus. Recordé la agónica magnificencia de este lugar, que me dio la bienvenida a cada viaje que hacía con mis padres. Aquel lugar que me maravillaba de pequeño, cuyo bramido ahogaba mis agudas frases dentro de aquel viejo Volkswagen azul, pero cuyo antinatural hedor ya empezaba a sentirse. Lo que antes fue un lugar lleno de bruma y ruido ahora es un tristemente silencioso claro. El potente chorro de aguas espumosas ahora es un triste hilillo de zumo negruzco. El aroma que se pegó a mis fosas infantiles aun permanece. Era una imagen lúgubre, un claro indicio de muchas cosas que se perdieron en el tiempo.

Al fin, logramos salir de este corrompido lugar. Mientras regresábamos a la civilización, pensé por un instante en lo vivido. Por mi mente danzaban imágenes “lovecraftianas” y una nostalgia decadente y deformada. Fue aquella nostalgia, descompuesta y mutilada, la que me hizo dar cuenta de una realidad: no nos encontramos con las almas errantes de los suicidas, ni los espectros vigilantes del hotel, pero lo que logramos ver, definitivamente fue un fantasma.

Inspirado por Hunter S. Thompson y Howard Phillip Lovecraft